
Estoy leyendo al Che. Y no es extraño. Desde la colina del aniversario 40 de su caída en combate –sí, porque fue herido en una pierna, inutilizada su arma y luego asesinado por el sargento Mario Terán- bajo el fulgor de sus huesos, muchos volvemos a las páginas de Ernesto Guevara para, primeramente, homenajearlo –leer es también eso: un homenaje- y seguidamente redescubrirlo, repensarlo. Quizás algunos lo estén descubriendo, profundizándolo por primera vez, porque la barba y la boina del guerrillero les habían configurado una imagen presuntamente completa y definitiva: el Che épico, en perjuicio de su esencia intelectual y profética.
Profética, sí: no es una errata. El Che es un profeta, hombre que avizora, anticipa, clama y vive de acuerdo con lo que prevé y anuncia. El Che, por tanto, escribía como dijo de sí mismo Jean Paul Sartre, para alertar.
Escribió abundantemente. A la par de cuanto peleó o trabajo para liberar y organizar la sociedad cubana. Atendía dos frentes: el de la pólvora o la discusión ministerial y el de la tinta. Cada día, en sus campañas bélicas o en sus jornadas de trabajo, anotaba una experiencia, deducía una verdad. El propósito, evidente: hacerlo perdurar todo en la convocadora campaña de la letra y el libro. Cuando se retiró del Congo, a fines de 1965, en su primera faena luego de hallar un sitio donde esperar el tránsito hacia su próxima escala –Bolivia-, el Che narró, escrutó, criticó, calificó, conceptualizó su período guerrillero en el entonces Congo, en un texto que tituló, como continuación del que había escrito sobre sus experiencia en la Sierra Maestra, Pasajes de la guerra revolucionaria. El Congo.
Tenemos, pues, doblemente vivo al Che. En su ejemplo de ética solidaria, servicial, hecho arquetipo, y en su obra de previsor y vigía que nos está advirtiendo: Estén alertas. No se dejen morder por la opresión, la injusticia, la corrupción. La revolución es una ofrenda y una conquista que requiere de manos limpias, puras, para la entrega consciente y la espada justiciera.Sé que, como todo condotiero que lucha contra intereses poderosos y dominantes, el Che es muy controvertido. Pero cuando uno le pulsa el filo de su pensamiento y el rigor –a veces bordeando en la rigidez- con que actuaba y se evaluaba, y la dosis de bondad humana con que juzgaba a los demás, a pesar de su sinceridad sin miedos, uno comprende que el común de sus enemigos, esos que lo insultan sin respetar los valores humanos del rival, no logran sobrepasarle las rodillas, midiéndolos de abajo para arriba.
Para juzgarlo hay que conocerlo. Y leer sus relatos, permeados por una mirada irónica y generosa a la vez o leer sus ensayos y cartas donde se juntan creadoramente profundidad, cultura y audacia, implica un modo de conocerlo y empezar a respetarlo, aunque no se compartan sus ideas, o algunas, concebidas bajo los apremios de los ideales y realidades del Che, ya no sean válidas.
Unas palabras poco difundidas cierran esta visión somera de Guevara. Puede uno reaprender con ellas que, al juzgar a los hombres, la mezcla y el equilibrio condicionan el proceder objetivo y justo. Durante el vuelo hacia La Habana de Juan Pablo II, en 1998, hubo una conferencia de prensa. Uno de los periodistas le preguntó al Papa su parecer sobre el Che Guevara. Quería una condena. Y no podemos dudar de la respuesta del Santo Padre. En Cuba, Wojtila dijo lo que agradó y también lo que disgustó. Por ello, me parece honrado cuanto el Sumo Pontífice apuntó acerca del Che: “Ahora se halla ante el Tribunal de Dios. Dejemos a Nuestro Señor el juicio sobre sus méritos. Ciertamente, estoy convencido de que quería servir a los pobres.”
Y yo apuesto a que, en el centenario de su muerte, el Che Guevara aún vivirá. El Hombre, como especie, no puede prescindir de estos ejemplares.